Anthony Araujo
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¿Cómo amar a alguien que te ha hecho daño?

10 de agosto de 2026

Texto bíblico: «El amor […] no se irrita, no guarda rencor» (1 Corintios 13:4–7, RVR1960).

Hay heridas que no desaparecen cuando termina una discusión. Se quedan contigo, vuelven a tu memoria y cambian la manera en que miras a quien te lastimó. Quizá sigues tratando a esa persona con educación, pero por dentro llevas la cuenta de lo ocurrido. ¿Cómo puedes amar cuando todavía duele? La Biblia no te pide que llames bueno a lo malo ni que finjas que nada sucedió. Te muestra un camino más profundo: permitir que el amor de Dios transforme lo que la herida está produciendo en tu corazón.

El amor no es un don: es un camino

Cuando Pablo escribió a los corintios, aquella iglesia discutía sobre la importancia de los dones espirituales. En medio de esa conversación les anunció que les mostraría «un camino aun más excelente» (1 Corintios 12:31). Ese camino era el amor.

Esto cambia nuestra manera de entenderlo. El amor no es solamente una emoción que aparece cuando alguien nos trata bien. Es la forma en que Dios nos llama a vivir, incluso cuando nuestros sentimientos han sido golpeados. Por eso Pablo no describe el amor con ideas abstractas, sino mediante acciones: es paciente, actúa con bondad, no busca únicamente lo suyo y no guarda rencor.

La expresión «no guarda rencor» transmite la idea de no llevar un registro permanente del mal recibido. Es como dejar de anotar cada ofensa en una cuenta que algún día pensamos cobrar. Guardar esa lista nos ata al momento de la herida: repetimos la conversación, imaginamos lo que debimos responder y permitimos que lo sucedido siga gobernando el presente.

Pero dejar de contabilizar las ofensas no significa negar el daño, renunciar a límites saludables o permanecer en una situación de abuso. El mismo pasaje afirma que el amor «no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad». El amor bíblico no encubre el mal. Puede decir la verdad, buscar ayuda, establecer distancia y, al mismo tiempo, negarse a alimentar el deseo de venganza.

¿De dónde sale esa clase de amor? No nace simplemente de esforzarte más. La Escritura declara que «Dios es amor» (1 Juan 4:8). Antes de reflejar un amor que hoy parece imposible, necesitas recibir nuevamente el amor paciente y misericordioso con el que Dios te ha tratado en Cristo.

Manos formando la silueta de un corazón, a contraluz de un atardecer

Llévalo a tu vida

Piensa en una persona cuyo nombre todavía despierta dolor o enojo. No intentes resolver hoy toda la relación. Comienza presentando delante de Dios, con honestidad, la cuenta que continúas llevando. Nombra la ofensa sin minimizarla y pídele que impida que esa herida se convierta en rencor.

Quizá el siguiente paso sea perdonar, iniciar una conversación, buscar acompañamiento o establecer un límite. La acción concreta puede ser diferente en cada caso. Lo esencial es dejar de entregar a la ofensa el derecho de dirigir tu corazón. Amar no siempre restaura inmediatamente una relación, pero sí permite que Dios comience a liberarte del dominio de lo sucedido.

Para meditar

¿Qué ofensa sigues contabilizando, y qué cambiaría si hoy se la entregaras sinceramente a Dios?

Oremos

Señor, tú conoces la herida que todavía llevo y el rencor que ha comenzado a crecer en mí. Ayúdame a mirar lo sucedido con verdad, a establecer los límites que sean necesarios y a renunciar a la venganza. Permíteme recibir tu amor y reflejarlo con sabiduría, gracia y libertad. Amén.

Este artículo nace del estudio en video de esta misma semana, con más ejemplos y toda la explicación en detalle.

Ver el estudio completo: El retrato del amor